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Ediciones

Dolores Campos Herrero. Veranos mortales

Portada del libroVERANOS MORTALES
Dolores Campos-Herrero
Baile del Sol, 2005
ISBN: 84-96225-48-8

Una colección de relatos llenos de humor y ternura, imaginativos, sorprendentes y cautivadores. En la galería de personajes que nos presenta Dolores Campos-Herrero medran una secretaria voyeur de luchas de poder en una empresa, un dragón enamorado de San Jorge, chulos, antihéroes, solitarios, mendigos, locas de atar y otras especies.

El dragón que se enamoró de San Jorge

I

Sabía que el tiempo de los dragones estaba a punto de concluir; la edad dorada en la que fabulosas criaturas poblaban la tierra.

El futuro se estaba convirtiendo en un sitio oscuro e inhóspito; un lugar estrecho, imposible de iluminar con sus habituales artimañas.

Ahora, todo lo que tenía era pasado; días acabados; lejanas puestas de sol que parecían llamaradas.

¿Por qué se enamoró?

Eso es algo que nunca sabremos. Tal vez porque se le iba la vida a cada golpe de fuego por las fauces.

O porque, en las blanduras del santo, creyó entrever aquellas ternuras deseadas desde el principio de su vida remota.

Cuando por primera vez se encontraron, no osaron siquiera mirarse de frente. Ambos sintieron temor, aunque cada uno, seguramente, por una causa opuesta; por secretas intenciones nunca confesadas.

Al santo le dijeron que estaba escrito que vencería a las fuerzas del Mal y estaba ansioso porque llegara la jornada. Porque se produjera el gran instante, el duelo.

¿Con quién tendría que batirse?

¿En qué sangre, roja o negra, mojaría la punta de su lanza?

El dragón, por su parte, nunca había visto un caballero con esa piel de luna, el yelmo en el que la plata estaba ya un poco abollada. Con un brillo empañado, como si la mañana fría acabase de echarle todo el aliento.

- ¿Eres hembra o varón? -le preguntó San Jorge, en el primer encuentro.

El dragón no pudo más que reírse porque, sólo a un caballero que va a ser santo y tiene cara de niño, se le ocurre hacer una pregunta así.

En su mundo no existían semejantes distinciones. Seguramente por eso, aquella raza, la suya, tenía los días contados.

¿Hembra o varón? ¿Hombre o mujer?

Le parecía el dilema más idiota al que criatura alguna pudiera enfrentarse nunca.

En la mirada expectante del niño belicoso vio la clase de respuesta que le agradaría.

-Mujer -dijo y clavó sus ojos en los ojos del que habría de ser su rival más fatídico.

Aquella noche, mientras miraba las estrellas, seguía viéndolos.

Ojos verdes y dorados, como los de los racimos de uvas que arrancaba con los dientes. En algo tenía que entretenerse cuando, a diario, vagaba y divagaba por los campos.

Era la fruta que mareaba después de que los campesinos la pisaran en algarabía de cantos, jadeos y risotadas.

El robo de uvas no era el delito más terrible que se le imputaba.

Cuando se aproximaba a las aldeas, con su andar sinuoso, todos chillaban y huían despavoridos.


II

La aceptación por ambas partes del accidente que supone ser mujer, los acercó momentáneamente.

El santo se sintió de inmediato atraído por la boca sensual que desprendía un aroma a clavo, una turbulencia, un calor como el de un hogar siempre preparado para recibir a viajeros estravíados.

A ella -la llamaremos ella aunque los dragones, como los ángeles, nunca hayan tenido sexo- le atrajo la sonrisa triste de quien sabe que está destinado al cielo.

Le gustó su sonrisa y aquellos dientes chiquitos, como las cuentas de un rosario, tan distintos a sus gigantescos molares.

Desde aquel primer encuentro -venturoso y mortal- los días del dragón fueron un afán constante, un vivir sin vivir, una búsqueda sin resultados, un echarse a los caminos por ver si habían de encontrarse de nuevo.

De los santos sabemos muchas cosas.

De los dragones, en cambio, tenemos tres o cuatro datos, por entero inexactos.

Mientras los primeros están hechos de constancia; los segundos no son otra cosa que imaginación y aire. Nunca esperan hospitalidad. Nunca tocan en la puerta de una posada.

Unos son admirados y comprendidos y se aferran al recuerdo de los hombres porque la leyenda que de ellos circula asegura que han cultivado, con creces, el trabajo, la bondad y la virtud.

De la entregada vida de los dragones, de su paciencia, de su constante buen humor, de su enconada defensa de la felicidad de quienes aman, nada se habla.


III

Ocurrió en mitad de una batalla.

Hablamos de la segunda vez que se encontraron el dragón y San Jorge.

Por aquellos días, en su convento, Paolo Ucello andaba ya obsesionado con la escamosa criatura que levanta la cabeza hacia arriba y no parece dispuesta a hacer nada para parar el golpe de la espada de bronce.

Paolo Ucello nunca había visto un dragón y mucho menos al nuestro, al de nuestra historia, al pequeno dragón tan enamorado que es incapaz de pensar en otra cosa que no sea la piel pálida de su caballero.

También Donatello, en su estudio, planeaba ya dotarle de alas de piedra y de una cerviz malévola y callosa, un cuerpo tan demoníaco que merece ser montado a horcajadas, sin pizca de amor ni de ternura.

Donatello soñó alguna vez con basiliscos y serpientes, pero nunca tuvo la fortuna de ver la cabeza flexible de nuestra hembra. El cuello hermoso, aunque airado, que se vuelve y revuelve y se resiste, apenas un momento, a ser dominado por el guerrero celestial.

Lo justo sería que ambos hayan pagado cara su osadía, la inexactitud de sus imágenes. Porque lo único auténtico y verdadero es el hecho de que la segunda vez que se encontraron, experimentaron un hondo placer.

En aquella ocasión San Jorge le pidió ayuda.

-Ayúdame -dijo- a resolver un enigma.

Se lo explicó de forma concisa y el dragón frunció el ceño e hizo un esfuerzo considerable por estar a la altura de las circunstancias.

Es verdad que Jorge, que todavía carecía del título que lo ha llevado a los altares, estaba ebrio de gloria.

Había bebido vino como sucede muchas veces después de las batallas fáciles. Además, había visto, sobre nubes, una multitud de ángeles vengadores. Por entonces, se aventuraba en aquella, una más de las muchas campañas en las que su brazo se entrenaba y curtía para, llegado el día, estar preparado; ser digno de los designios altísimos.

Era un acertijo fácil, pero aún cuando hubiese sido complicado, el dragón habría dado con la respuesta.

El amor es así. Se empeña en imposibles. Se da sin usuras. No se oculta ni se esconde a los ojos curiosos.

San Jorge sintió en los dedos el terremoto de la piel de la extraña criatura. La criatura que el destino, por segunda vez, ponía a su alcance.

Si entonces no se regalaron una cinta de colores o un estandarte o un rizo de cabello oscuro fue porque la despedida se precipitó de pronto. Pero no sería justo decir que aquella segunda vez no hubo entendimiento, ni buena armonía, ni esa tensión que espesa el aire cuando dos se atraen y se gustan.

La hubo y por eso fue tan extraño el desenlace.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, se esperaron en mitad del campo.

Ambos sabían que tenían una cita.

El dragón soñaba y soñaba con el hombre y puede que San Jorge hubiese tenido una de esas visiones que entorpecían sus descansos nocturnos.

Eran más o menos las siete. Faltaba una hora para el crepúsculo. El aire era dulce y suave y una nube remota, con forma de almena, por un momento distrajo a los amantes.

Por un momento, el dragón pensó que todavía estaba a tiempo; que aún podría atrapar ese futuro delicioso y perfecto.

Quizá pensó que por él, que no quedara. Que no habría de maldecirse ni odiarse eternamente imaginando que toda la culpa había sido únicamente suya.

El dragón simplemente esperó.

Habría escapado si hubiera querido. Habría vencido a su frágil rival, al niño de la piel de pez y mirada de jade. Pero simplemente esperó.

Cuando San Jorge lo ensartó con su espada, el pecho le reventó de pura alegría.

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