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La Segunda Guerra Mundial dejó tras de sí una casi interminable lista de efectos colaterales. En la mayoría de los casos, efectos más bien negativos, derivados de un desastre de tal magnitud. Pero como si se tratase de un caprichoso movimiento del destino, en dos de los grandes derrotados de aquella guerra marcó un punto de inflexión en lo económico. Alemania, lastrada casi de por vida por el estigma de la locura nazi, se sobrepuso y llegó a erigirse en el motor de arrastre de la economía europea. Japón, simultáneamente, inició un proceso reformista descomunal que, con el paso de los años, le convirtió en el líder que siempre quiso ser.


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El llamado "Milagro Económico Japonés" supo aprovechar el caudal inversor de los Estados Unidos, encauzándolo acertadamente a través de una política interior intervencionista. Aquello fue posible gracias al consenso alcanzado entre las industrias manufactureras, las empresas de distribución, las grandes corporaciones financieras y, sobre todo, el ciudadano de a pie. Pocas economías han contado (y cuentan) con una mano de obra tan identificada con sus patrones como la nipona, tan capaz de adherirse a cuantas peticiones incondicionales se le requieran. Una de las grandes influencias ideológicas de la clase político financiera japonesa de aquel periodo fue un economista moldeado en la Alemania que resurgió de las cenizas de la Primera gran Guerra. Se llamaba Kaname Akamatsu, y estableció una curiosa teoría llamada "La Bandada de Gansos Silvestres", en la que disertaba sobre la forma en que se interrelacionan las economías nacionales de países cercanos, y de cómo la necesaria presencia de un "ganso líder de la bandada" facilita el "vuelo" del resto de "gansos". Dicen que la formación en "V" que toman los gansos en sus largos vuelos permite ahorrar hasta un 60% de energía a aquellos que se colocan justo detrás del líder. Japón consiguió alcanzar tal posición de superioridad tecnológica, financiera y comercial que, sin necesidad de un solo disparo, consiguió convertirse en el líder de la bandada: Reyes de Asia, Príncipes del Mundo.

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En el mundo del cine todo esto encontró un fiel reflejo, aunque no sólo desde el punto de vista de la industria sino, sobre todo, del talento. Grandes maestros como Ozu y Kurosawa abrieron a principios de los 50 las puertas de los festivales internacionales al cine asiático, y tras ellos se fueron (y se siguen) colando otras cinematografías del mismo continente. En la llamada "década dorada" de los 60 Ozu se retira, pero Kurosawa sigue en lo más alto. Simultáneamente el Tecnicolor invade Japón y el anime se abre un hueco en la pujante televisión japonesa. Fueron unos años de gran prosperidad económica y social, años en los que con mayor fuerza se empezó a sentir la llegada de nuevas hornadas de japoneses cada vez más críticos con el terrible peso de la tradición. El cine japonés, que hoy brilla en los certámenes cinematográficos más reputados, se ha construido a partir de en un grupo de cineastas que nacieron precisamente en aquellos años. Son la llamada "Generación de los 60", y la Asociación de cine Vértigo, en colaboración con la Semana de Cine Experimental de Madrid, le dedica a esa hornada de cineastas el cierre de su temporada de cine fórum.

Detallamos a continuación las proyecciones de este ciclo, las cuales tendrán lugar en el CICCA, en Las Palmas de Gran Canaria, y con entrada gratuita.


- Lunes 26 de julio 2010. 18:00
EUREKA
Título original: "Yurika" Japón, 2000. B/N (sepia) y color. V.O.S.E.217 minutos.
Dirección y guión: Shinji Aoyama.
Intérpretes: Koji Yakusho, Aoi Miyazaki, Masaru Miyazaki, Yoichiro Saito, Sayuri Kokusho.
Sinopsis: Naoki y Kozue se encuentran entre los ocupantes de un autobús secuestrado por un peligroso asesino. Ellos dos, junto a Makoto, el conductor del vehículo, serán los únicos supervivientes de ese terrible suceso. Sus intentos por recuperar eso que se llama "una vida normal" no serán nada fáciles, sobre todo cuando Makoto, su eventual padre adoptivo, es acusado de una serie de asesinatos.

Shinji Aoyama (Fukuoka, 13/07/1964). Novelista, crítico cinematográfico y director, confiesa sentirse muy influido por la labor de los directores portugueses Manoel de Oliveira, Joao Cesar Monteiro y Pedro Costa. Con su primer largometraje ("Helpless", 1996), ganó los premios de mejor realizador y mejor película de la Asociación de Cineastas Japoneses. Su obra más celebrada ("Eureka", 2000), recibió el premio a la mejor actriz por parte de la citada Asociación, el de mejor película asiática en el Festival de Singapur y, finalmente, los premios Fipresci y Signis en el Festival de Cannes.


- Martes 27 de julio. 19:30
CEMENTERIO YAKUZA
Título original: "Shin jingi no hakaba" Japón, 2002. Color. V.O.S.E. 131 minutos.
Dirección: Takashi Miike.
Guión: Shigenori Takechi, a partir de la novela de Goro Fujita.
Intérpretes: Goro Kishitani, Narimi Arimori, Yoshiyuki Daichi, Hirotaro Honda, Harumi Inoue.
Sinopsis: Rikuo es un friegaplatos huraño y sin amigos. Un buen día, unos yakuza entran a sangre y fuego en el restaurante donde trabaja para acabar con un mafioso rival. La brutal e inesperada intervención de Rikuo salva la vida del jefe yakuza, que le jura eterno agradecimiento y hace que suba posiciones en el escalafón criminal de Tokio. Su falta de escrúpulos y su sed de sangre le harán pronto famoso y temido tanto entre sus rivales como entre sus compañeros. Con su instinto de depredador sembrará las calles de la ciudad con los cadáveres de aquellos que se crucen en su camino.

Takashi Miike (Yao, 24/08/1960). Tan prolífico como controvertido (ha dirigido más de setenta producciones teatrales, de video y televisivas desde su debut en 1991), alardea de que la financiación de sus primeras producciones (muy marginales y destinadas directamente al video) provenía del blanqueo de dinero negro de los yakuza. Asociado a un tipo de cine rápido, barato e impactante, Miike ha conseguido que la cinefilia más exigente se adhiera a su causa, siendo uno de esos directores pretendidos por todos los festivales de cine. Su primer gran éxito fue "Gokudô kuroshakai" (1997), mejor película según la Asociación de cineastas japoneses. Tras el estreno de "Audition" (1999) en el Festival de Vancouver, consiguió la admiración internacional. Aquella terrorífica propuesta paseó su nombre por medio mundo, y tras tan renombrados galardones como los recibidos en Fantasporto o Rotterdam, pasó a formar parte del selecto grupo de cineastas "estrella". Desde entonces ha recibido casi una treintena de galardones, incluido el de mejor actor según la Asociación de cineastas japoneses para Gorô Kishitani por su trabajo en "Cementerio Yakuza" (2002).



- Miércoles 28 de julio. 19:30
SHARA
Título original: "Sharasojyu" Japón, 2003. Color. V.O.S.E. Duración: 100 minutos.
Dirección y guión: Naomi Kawase.
Intérpretes: Kohei Fukunaga Yuka Hyodo, Naomi Kawase, Kanako Higuchi, K. Namase.
Sinopsis: La familia Naso vive en Nara, antigua capital de Japón. Un día de verano, uno de los dos hijos gemelos de la familia no regresa a casa. Cinco años después, la familia sigue intentando volver a vivir. La madre intenta quedarse de nuevo embarazada. Shu, el gemelo que ha quedado vivo, intenta perpetuar el recuerdo de su hermano muerto con un cuadro.

Naomi Kawase (Nara, 30/06/1960). Tras ser abandonada por sus padres, fue criada por sus abuelos, algo que le ha servido en más de una ocasión como fuente de inspiración para su particular universo fílmico. Aunque normalmente pasea su talento por los territorios de la no-ficción, sabe manejar su especial sensibilidad con gran acierto cuando decide aventurarse por otros senderos. "Moe no sukazu" (1997) le hizo ganar el premio de la crítica en Rotterdam y la Cámara de Oro en Cannes. Teniendo en cuenta que se trataba de su primer largometraje, no es de extrañar que a partir de aquí se haya convertido en algo más que una cineasta de culto, alcanzando un nivel de relevancia inusual para alguien tan diferente e independiente. Uno de sus proyectos más personales, ("Shara", 2003), le permitió de nuevo acudir al Festival de Cannes a competir por la Palma de Oro.



- Jueves 29 de julio. 19:30
UNA PAREJA PERFECTAaffiche-un-couple-parfait.jpg
Título original: "Un couple parfait" Japón-Francia, 2005. Color. V.O.S.E. 104 minutos.
Dirección y guión: Nobuhiro Suwa.
Intérpretes: Valeria Bruni Tedeschi, Bruno Todeschini, Nathalie Boutefeu, Jacques Doillon.
Sinopsis: Tras varios años residiendo en el extranjero, Marie y Nicolás regresan a París para asistir a la boda de unos amigos. Para todo el mundo son el modelo de pareja perfecta, pero lo que nadie sabe es que se encuentran al borde del divorcio. Contrariamente a sus expectativas, este corto viaje les dará una nueva oportunidad para pensar en el futuro de su relación.

Nobuhiro Suwa (Hiroshima, 28/05/1960). Se inicia en el cine como pequeño productor y director de documentales. Con su segundo largometraje, ("M/Other", 1999), alcanza el premio de la crítica en Cannes, algo que le convierte en objeto de culto internacional. Su devoción por la Nouvelle Vage y por todo aquello que suene a cine francés le lleva a atreverse en 2001 con "H Story" (un remake de "Hiroshima mon amour", Alain Resnais, 1959) y, poco después, con un arriesgado trabajo filmado en Francia y titulado "Una pareja perfecta" (2005). Esta obra le reporta, entre otros galardones, el Premio Especial del Jurado en Locarno. Recientemente ha presentado "Yuki y Nina" (2009), un delicado ejercicio de equilibrio poético, aclamado unánimemente por la crítica más exigente.


- Viernes 30 de julio. 19:30
HANA
Título original: "Hana yori mo naho" Japón, 2006. Color. V.O.S.E. 127 minutos.
Dirección y guión: Hirokazu Kore-eda.
Guión: Hirokazu Kore-eda.
Interpretación: Junichi Okada, Rie Miyazawa, Tadanobu Asano, Arata Furuta, Seiji Chihara, Sinopsis: Año 1702. Aoki Sozaemon es un joven samurái que llega a Edo con el propósito de vengar a su difunto padre. Busca al enemigo de su progenitor por toda la ciudad, pero, aparte del hecho de que es un inútil en el manejo de la espada, se siente bastante reticente a cumplir con su misión. Alojado en una vivienda pobre, pero rica en relaciones humanas, Sozaemon empieza a apreciar la vida y a preguntarse por el sentido de la venganza.

Hirokazu Kore-eda. (Tokyo, 06/06/1962). Aunque siempre quiso ser novelista, se encontró un buen día trabajando como asistente de dirección de documentales para una cadena de televisión. El salto a la dirección fue casi inevitable, debutando en la realización de algunos capítulos de una serie de documentales en 1989. La forma en que reflexiona sobre la memoria, la muerte y, en general, el concepto de la "pérdida" ha cautivado a público y crítica desde su descubrimiento internacional, allá por 1995, cuando "Maborosi" recibe diversos galardones en Chicago, Vancouver y Venecia. Cuando en 2006 decide aproximarse al Japón feudal con "Hana", sorprende a muchos de sus seguidores, volviendo a recibir una gran acogida en los festivales de Londres, San Sebastián y Pusan, entre otros.



Decir que Alfred Hitchcock tenía una especial fascinación por las rubias no es una novedad. A lo largo de su carrera fueron muchas y variadas las actrices que le prestaron (profesionalmente) su belleza glacial y su pelo dorado. Una de ellas fue realmente especial, sobre todo por la facilidad con la que su macabro sentido del humor les hizo conectar: Grace Kelly.


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El director venía de lidiar con la compleja personalidad de Montgomery Clift, protagonista de "Yo confieso" (1953), uno de los títulos menos renombrados de los años que Hitch dedicó a la Warner Bros. Su siguiente trabajo para este gran estudio, y que a la postre sería el último, se tituló "Crimen perfecto" (1954). Era la adaptación de una obra de teatro y fue mucho mejor recibida que la anterior, siendo muy destacada la presencia de una joven y angelical actriz, evidentemente rubia, y que respondía al nombre de Grace Kelly. Sabiamente manejada por el genio británico, su estupendo trabajo fue reconocido por la Asociación de críticos americanos, recibiendo por esta película el premio a la mejor actriz del año.


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Durante el rodaje, director y actriz compartieron mil y una confidencias, y se propusieron amor profesional eterno, algo que la aparición posterior del Príncipe Rainiero hizo olvidar, como ustedes ya bien saben. Pero lo cierto es que en una de aquellas conversaciones, Hitchcock le habló de un proyecto titulado "La ventana indiscreta", y lo hizo con tanta pasión que cuando finalmente esa película comenzó a andar, Kelly dijo inmediatamente que sí, desatendiendo otras propuestas tremendamente interesantes que tenía sobre la mesa (como, por ejemplo, el papel que finalmente encarnó Eve Marie Saint junto a Marlon Brando en "La ley del silencio"). "La ventana indiscreta" (también de 1954, pero ahora para la Paramount) supuso la cuarta candidatura al oscar como mejor director. Esta vez, como en las cinco ocasiones en que estuvo nominado, también le toco perder, a manos en este caso de Elia Kazan, director de "La ley del silencio". Kelly volvió a ser premiada por parte los críticos americanos como mejor actriz por esta película, y la pareja que formó con James Stewart recibió mil y un parabienes.


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Hitchock se basó en un relato corto escrito por Cornell Woolrich titulado "It Had to Be Murder". El principal protagonista de la historia es un fotógrafo de nombre L. B. Jefferies, al que encarna James Stewart. Recluido en su apartamento por culpa de una pierna escayola, se entretiene elucubrando historias alrededor de un misterioso vecino del piso de enfrente. Aunque muchos espectadores sigan sin creerlo, el rodaje se desarrolló íntegramente en un gigantesco decorado construido en los estudios de la Paramount, un prodigio de falsedad puesto al servicio del talento de Hitchcock. La ventana desde la que James Stewart se asoma el resto del vecindario no es más que una representación del mirador que cada uno de nosotros elige como espectador, no solo de una película sino de todo aquello que nos rodea. El confinamiento al que un inoportuno accidente condena al protagonista no hace sino darle cariñosa complicidad al componente adictivo de ese voyeurismo que todos tenemos dentro y del que, en mayor o menor medida, nos cuesta desprendernos.


De hecho, es precisamente el confinamiento de ese voyeur a una silla de ruedas lo que confiere al relato alguno de los mejores momentos del cine de Hitchock. Cuando el cazador (el mirón) se convierte en presa (en aquello que es vigilado), la ausencia de alternativas de escape multiplican hasta el infinito la sensación de angustia terminal del protagonista y, por ende, del espectador, compañero fiel de fatigas "voyeurísticas". Saber que podrías hacer algo más, de no ser por esa pierna escayolada... Saber que el asesino puede venir a por ti y no puedes escapar... Todo esto y mucho más en una de las obras cumbre no solo de su director sino de la historia del cine, el lunes 19 de julio y en el CICCA, a partir de las 19:30 horas.

"Un día vi una serie de dibujos que ocupaban cuatro páginas de una revista. Mostraban un hombre que se despierta. Sale de la cama, va al cuarto de baño, hace gárgaras, se afeita, toma una ducha, se viste, toma el desayuno. Todo esto en dibujitos separados. Después se pone el sombrero, el abrigo, coge un pequeño estuche de instrumento de música de cuero y sale a la calle, sube al autobús, llega a la ciudad y luego al Albert Hall. Pasa por la entrada de los artistas, se quita el sombrero, el abrigo, abre el estuche y saca una flautita, se reúne con los otros músicos y avanza con ellos hacía el podio. Se afinan los instrumentos y nuestro hombre se sienta en su sitio. Llega el director de orquesta, da la señal y empieza la gran sinfonía. El hombrecito está sentado ahí, espera, vuelve las hojas. Finalmente se levanta sobre su silla, coge el instrumento, se lo acerca a la boca y, a un determinado gesto del director de orquesta, silba una única nota en la flauta. Después guarda el instrumento deja discretamente la orquesta, coge el sombrero y el abrigo, sale a la calle. Está oscuro. Sube al autobús, llega su casa, va al cuarto de baño, hace gargarismos, se pone el pijama, se acuesta y apaga la luz"


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Así le contó Alfred Hitchcock a su amigo François Truffaut cómo saltó la chispa que dio vida a "El hombre que sabía demasiado", en su versión de 1936. Aquella película, junto a otras genialidades del tipo de "Los 39 escalones", "The lady vanishes" o "Sabotaje", formaron parte de la última hornada de películas británicas firmadas por Hitchcock antes de aceptar la llamada de los dólares y firmar un suculento contrato con David O´Selznick. Realizada al amparo de la Gaumont-British Picture Corporation, estuvo a punto de no ser estrenada tras un desencuentro entre el director y uno de los productores, justo después de un pase privado. Finalmente se presentó como cierre de una sesión doble, consiguiendo tal cantidad de buenas críticas que se tuvo que modificar su distribución. Hoy se la recuerda como la primera película en inglés de un maravilloso Peter Lorre, recién fugado de la ira nazi, y quien, por cierto, tuvo que aprender fonéticamente cada una de sus líneas de diálogo. Pero también sirve de punto de referencia cuando se habla de la versión que el propio Hitchcock rodó de esta obra veintidós años más tarde.


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A mediados de los 50, Hitchcock era toda una estrella, su nombre servía de reclamo en las taquillas de medio mundo y gozaba de una vitalidad fílmica asombrosa. Sin ir más lejos, en menos de nueve meses estrenó tres películas, recibidas (todo hay que decirlo) con dispar efusividad: "¿Pero quién mató a Harry?" (03/08/55), "Atrapa a un ladrón" (27/09/55) y "El hombre que sabía demasiado" (30/04/56). En este último caso, el frondoso realizador británico había decidido versionarse a sí mismo, con más presupuesto y más estrellas esta vez. La presencia de James Stewart y Doris Day aseguraban un plus adicional en taquilla. Encarnaron con enorme solvencia lo que el director quería, una pareja con sabor genuinamente americano, ideales para anunciar, si se terciaba, una bicicleta o unos cigarrillos (cuando aún no estaban estigmatizados).


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La trama de esta versión de 1956 era similar a la original: Una familia (americana) cualquiera, de vacaciones en Marruecos, es testigo de un macabro suceso. La muerte de un hombre al que apenas acaban de conocer les hace portadores de una tenebrosa relevación que, de confirmarse, pondría en serio peligro la vida del premier británico. A partir de ahí, ese elemento que Hitchcock dominaba como nadie (un hombre común sometido a las tensiones de eventos totalmente ajenos a su mundo) nos conduce a través de un bien diseñado crescendo hacia un final algo circense pero efectivo. Era evidente que el "tono" británico tenía que desaparecer en esta ocasión, cediendo terreno la socarronería british en beneficio de un concepto más sofisticado y grandilocuente de la tensión dramática. También se alteraron algunos rasgos de la personalidad del matrimonio protagonista. En aquella primera versión, el marido escondía cierto aburrimiento y su esposa a duras penas ocultaba sus ansias de suave frivolidad. Ahora esto no era tan evidente, mostrándosenos un matrimonio sólido y sin aparentes fisuras.


El director siempre sostuvo que esta segunda versión era mejor que la primera. Afirmaba que mientras el original podía ser visto como la obra de un amateur talentoso, en esta segunda se notaba la mano de un profesional. Quizás tenga razón. Solamente por la magnífica escena de doce minutos sin diálogo y que transcurre en el Royal Albert Hall, cuenta con mi voto a favor. Ese templo de la música anglosajona era el lugar ideal para convertirse en epicentro de una película en la que la música tiene una gran importancia. No en vano, el compositor de cámara de Hitchcock, el talentoso Bernard Hermann, había recibido el encargo de escribir la banda sonora, y si bien llegó a firmar un par de partituras, decidió respetar el magnífico trabajo del compositor Arthur Benjamin para la primera versión. En aquella ocasión, Benjamin escribió una estupenda cantata titulada "Storm clouds", eje de la citada escena del Royal Albert Hall. Hermann, que encarna al director que en esta versión americana dirige la orquesta durante el concierto, quiso homenajear a su colega interpretando esa misma cantata.

Otro elemento musical de importancia fue la canción interpretada por Doris Day, el archiconocido "Whatever will be, will be (Qué será, será)", ganadora del oscar a la mejor canción y que todavía hoy retumba en nuestros tímpanos.


"El hombre que sabía demasiado" se proyecta el lunes 12 de julio a las 19.30 horas en el CICCA. El ciclo que la Asociación de cine Vértigo dedica a los 50 años del estreno de "Psicosis" se cerrará el lunes 19 de julio con la proyección de "La ventana indiscreta"

Ante las solicitudes presentadas, la Asociación de cine Vértigo, organizadora de IBÉRTIGO (Muestra de cine iberoamericano de Las Palmas de Gran Canaria), ha decidido ampliar hasta el 17 de julio de 2010 el plazo de recepción de obras del Concurso de Guiones para cortometrajes de La Caja de Canarias


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El respaldo de esta entidad financiera permitirá ofrecer un primer premio en metálico de 700 € para el guión ganador (que será objeto de un rodaje en forma de taller audiovisual a desarrollar posteriormente), además de un Accésit de 500 € para el guión canario que, atesorando las mejores cualidades técnico-artísticas de los participantes, no pudiera ser objeto del taller audiovisual antes indicado.

La finalidad de esta actividad es permitir que el espectador de a pie se acerque al proceso de creación cinematográfica. De hecho, tras la elección del guión ganador, se procederá a abrir el plazo de solicitud de inscripciones para participar en el rodaje del citado guión, pasando a formar parte el corto resultante dela programación de la edición de IBÉRTIGO 2010.

Las bases pueden consultarse en la web de la citada asociación.

Ya saben, si tienen alguna historia en el cajón, es tiempo de airearla. Quien sabe si en cada uno de ustedes se esconde un guionista, ¡y ustedes sin saberlo!

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Se cumplen 50 años del estreno mundial de "Psicosis". Era un 16 de junio de 1960 en la ciudad de Nueva York. En aquel momento, pocos eran los directores cinematográficos que podían alardear de situar su nombre por encima del título de sus películas. Unos acababan de pasar a mejor vida, como Cecil B. DeMille, algunos veían impotentes como sus carreras daban sus últimos coletazos, como Frank Capra o John Ford, otros se resistían a dejarse engullir por el olvido, como Howard Hawks. Eran, todos ellos, directores que habían iniciado sus carreras en el cine silente, habían alcanzado sus mayores éxitos en la Edad de Oro del cine clásico hollywoodense y cuyas firmas venían equivaliendo, desde hacía décadas, a una equilibrada conjunción de espectáculo y arte. De entre ellos, Alfred Hitchcock era, con toda probabilidad, el realizador más popular del mundo del celuloide. No sólo llevaba cuatro décadas de carrera con muchos más claros que oscuros, sino que había conseguido convertirse, gracias a sus innegable talento autopromocional, a sus cameos y a sus hilarantes presentaciones a la serie que llevaba su nombre, en un auténtico hombre-marca. Así, sus películas se publicitaban no en función de sus estrellas, sino de su nombre y prestigio.

Después de pergeñar, en connivencia con uno de los guionistas más brillantes e infravalorados de la industria, Ernie Lehman, el epítome del género de persecuciones que se asocia con el término hitchcockiano, "Con la muerte en los talones", urgía un cambio radical. Ciertamente, había sido un éxito clamoroso que le resarcía comercialmente del traspiés en taquilla de sus títulos precedentes ("Pero ¿quién mató a Harry", "Falso Culpable" y "Vértigo"), pero Alfred Hitchcock necesitaba demostrar a los estudios que era capaz de levantar un proyecto barato con garantías de éxito económico, pues los costes de sus películas le habían puesto en el disparadero frente a los ejecutivos. Tras haber constatado de primerísima mano las ventajas de un equipo de rodaje rápido en la televisión, el orondo director inglés fijó su mirada en un relato de Robert Bloch en el que intuyó unas enormes posibilidades de cara a un rodaje sencillo y barato de gran rentabilidad posterior. Surge así el proyecto de "Psicosis", una película barata, en blanco y negro, cuyo principal reclamo era la sugerente presencia de Janet Leigh, por entonces en la cima de su efímera fama.

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Eran tiempos difíciles para Hitchcock. Su principal musa había desertado del oropel hollywoodense para coronarse princesa de cuento, y las posteriores sustitutas no habían acabado de encajar en su fetichista deseo de pigmalión. Sus intentos de convertir a Vera Miles en la nueva Grace Kelly se habían visto truncados por el embarazo de ésta antes del rodaje de "Vértigo", y aunque aún le daría un papel relevante en "Psicosis", pronto se vería sustituida como oscuro objeto del deseo por una bella modelo a quien Hitchcock había descubierto en la portada de una revista y que, acto seguido, se convertiría en martirizada musa de sus dos filmes posteriores, las muy apreciables "Los pájaros" y "Marnie la ladrona": Tippi Hedren.

El balance final de "Psicosis" sería comercialmente arrollador: sobre un presupuesto de 800.000 dólares, una recaudación de 32 millones sólo en Estados Unidos, y 4 nominaciones a los Oscars, incluida la quinta y última nominación de Hitchcock en la categoría de mejor director, galardón que nunca conseguiría. Y la aclamación de clásico instantáneo por crítica y público, además de abrir la senda a toda suerte de seguidores, imitadores y homenajeadores que vienen poblando la cartelera de asesinos en serie, maníacos, psycho-killers y demás desquiciados amantes de los objetos cortantes.

Les invitamos a acompañarnos en un necesariamente breve, pero intenso, recorrido por uno de los momentos culminantes del cine contemporáneo, cuando un maestro del cine, en plena posesión de su oficio, era capaz de producir, en rápida sucesión, una ráfaga inimitable de cine exquisito y, a la vez, estremecedor. Será, como siempre, los lunes, a partir de las 19.30 horas, en el CICCA. Versión original subtitulada y entrada gratuita. No se admiten excusas. Alfred Hitchcock presenta...

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Es otro de esos recuerdos ligados a mi adolescencia en el corazón de La Isleta. Los domingos por la tarde no tenían la carga fúnebre de ahora, cuando se empeñan en anticipar el madrugón rutinario del lunes. Formaban parte de esas vacaciones de formato pequeño que los mayores llamaban fin de semana. Había espacio para mañanas con la Bruja Avería, tardes de Carrusel Deportivo y noches con los amigachos en La Plazoleta. Pero por encima de todo, siempre había un espacio irrenunciable para los programas dobles del Cine Victoria cada domingo por la tarde.



Durante la semana ibas reuniendo peseta a peseta, duro a duro, el montante necesario para pagar el precio de la entrada: cincuenta pesetas. ¡Qué tiempos! Si no te portabas demasiadamente mal durante la semana, en casa contribuían con alguna monedita adicional. Todo un tesoro, sobre todo para poder ir a la vieja dulcería que frente a las puertas del cine abría sus puertas a riadas de chiquillos enfervorecidos ante la posibilidad de ver de una tacada "El mono borracho en el ojo del tigre" y "Mortadelo y Filemón: El armario del tiempo", por poner un ejemplo. Mi ritual comenzaba en aquella dulcería. Después de conseguir el visto bueno de su dueño, mi brazo buceaba en el interior de un inmenso frigorífico, en busca de lo que a mis ojos era el ejemplo máximo de la sofisticación: un cono de cartón, relleno de helado de nata y chocolate, y al que acompañaba de un palito que servía para empujar la parte inferior del cono y hacer subir el helado. Se llamaba Macao, y creo que ya no se fabrica. Una pena.



Aquella vieja dulcería sigue milagrosamente en pie. El Cine Victoria hace tiempo que se fue con el viento, y los programas dobles parecen no tener sentido en este cine tridimensional. Quizás por eso tenga un interés añadido la forma en que la Asociación de cine Vértigo cierra el ciclo que durante junio ha dedicado a los primeros años en el cine de los Hermanos Marx: un programa doble compuesto por "Pistoleros de agua dulce" y "Sopa de ganso".


Poco tiempo después del tremendo éxito de "El conflicto de los Marx", la Paramount les invitó a participar en un mediometraje colectivo con el que celebrar los 20 años de vida del estudio. Su título fue "The house that shadows built" (1931) y en él participaron todas las estrellas que por aquellos momentos tenía la Paramount en nómina. Al tiempo que se glosaban sus trayectorias, se aprovechaba para anticipar futuros proyectos, y eso fue lo que hicieron los Marx, empezar la promoción de su siguiente largometraje, "Pistoleros de agua dulce" (1931), un título singular por varias razones. Entre otras cosas, no se recurrió a una obra teatral previa, rodaron por primera vez en Hollywood (en detrimento de su Nueva York natal), no contaron con la sempiterna Margaret Dumont y, según algunos rumores, Harpo canta en la escena inicial. El argumento, como es habitual, no hay por dónde cogerlo (en medio de una travesía transatlántica, los Marx se enredan hasta el delirio con dos bandas de gánsteres rivales), algo que no impidió que la película fuese un nuevo éxito, a pesar de los esfuerzos de la censura por mutilar sus (supuestos) mensajes anarquistas. Por cierto, otra curiosidad: el padre de los Marx realiza un breve cameo, sentado sobre una pila de maletas en el muelle.


En su siguiente película ("Plumas de caballo", 1932), retomaron una de sus obras de Broadway y alcanzaron ese escalón de la fama al que se accede a través de la portada de la revista "Time". Fue la película Paramount de mayor recaudación en taquilla en ese año, y como los Marx tenían contrato para otro título más, se lanzó el rumor de que ¡Ernst Lubitsch! les dirigiría en una película de título "Oo la la". Sin embargo, las relaciones de los Marx con el estudio eran tormentosas. Problemas en el pago de sus salarios, el fallecimiento del padre de los Marx y otros problemas de índole personal y profesional hicieron resquebrajarse el, hasta ese momento, incuestionable matrimonio entre los hermanos y el estudio. No obstante, y en función de que su acuerdo incluía un quinto largometraje, aceptaron participar en una última producción antes de irse a la Metro: "Sopa de ganso" (1933).


El director elegido fue, sin lugar a dudas, el mejor con el que los Marx trabajaron a lo largo de su trayectoria, Leo McCarey, algo que no fue suficiente para ser igual de exitosos en taquilla que con sus películas anteriores. Aunque no fue lo que se dice un fracaso, no recaudó lo esperado, aunque hay que tener en cuenta que la Gran Depresión afectaba con dureza a las salas de todo el país. Quizás tampoco fue muy entendida la acidez con la que se fustiga el falso mundo de las relaciones diplomáticas y a los mesiánicos líderes tan de moda en el momento (Mussolini prohibió su estreno en Italia), pero lo cierto es que hoy en día es considerada como una de sus mejores películas y ejemplo básico de su peculiar sentido del humor. Recordemos que a partir de esta película los Hermanos Marx nunca tuvieron tanto control sobre sus películas, perdiéndose parte de esa maravillosa locura de sus obras iniciales.


La proyección tendrá lugar el lunes 28 de junio en el CICCA a las 19: 30 horas, en versión original con subtítulos en español y con entrada gratuita.


Uno de los mayores genios que han poblado nuestras pantallas cinematográficas es, sin lugar a dudas, Billy Wilder. De su enorme talento dan fe las alabanzas que le dedicaron (y dedican) colegas, críticos y espectadores, además de una kilométrica lista de grandes películas con las que de vez en cuando nos alegramos el alma.


Periodista antes que cineasta, Wilder encontró en los primero años 40 un gran aliado en la figura del escritor y guionista Charles Brackett. Mucho más sofisticado que el impulsivo y lenguaraz emigrante europeo, Brackett era toda una personalidad. Doctorado en leyes por Harvard, columnista de "New Yorker" y "Vanity Fair", novelista de éxito y Presidente del Sindicato de Guionistas de Hollywood, Wilder a su lado resultaba aún más mundano de lo que ya era. Aunque se comportaban como el perro y el gato, Brackett y Wilder (en la foto) supieron aguantarse casi 8 años, el tiempo justo para que escribiesen mano a mano algunas buenas películas y una obra maestra, "Sunset Boulevard". A partir del estreno de esta maravilla dejaron de hablarse.


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Wilder siempre se sintió más seguro compartiendo la máquina de escribir con alguien. Incluso aunque lo odiara a muerte. Tenía la lengua tan afilada como su talento, y se prestó siempre que le dieron la oportunidad, a emitir su opinión sobre cualquier asunto relacionado (o no) con su profesión. "Lo importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se puede convertir la mierda de gallina en chocolate".


Durante los años que siguieron a su ruptura con Brackett no es que dejara de rodar buenas películas (como por ejemplo, "El gran carnaval"), pero se notaba un tanto desnudo ante el folio en blanco. Quizás por eso, cuando en 1957 se cruzó en su camino un emigrante rumano que había adoptado el enigmático nombre de I.A.L. Diamond, supo que aquélla iba a ser una bonita historia de amor. Juntos escribieron algunas de sus obras maestras ("Con faldas y a lo loco", "El apartamento", "Primera plana", etc.) y sintieron, casi al mismo tiempo, que el cine ya no era lo suficientemente grande para ellos. Tras el estreno de "Aquí un amigo" en 1981, Diamond y Wilder (ver foto) nunca más volvieron a trabajar, ni juntos ni por separado.


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Terminar un guión no es más o menos fácil que escribir una novela, un ensayo o un artículo periodístico. Como bien decía Wilder "... escribir un guión no es esperar a que llegue la musa y te bese en la frente; es un trabajo muy duro. He hecho ambos trabajos, y sé que dirigir es un placer y escribir es un rollo".



Pero quién sabe, puede que entre quien esté leyendo este texto se encuentre algún guionista avezado que pueda rebatir esta teoría. O quizás algún aprendiz de escritor que quiera atreverse con este género. Para ellos tenemos una oferta que no podrán rechazar...


La Asociación de cine Vértigo ha abierto el plazo para recibir las obras que quieran optar al Concurso de guiones para cortometraje organizado por La Caja de Canarias. El respaldo de esta entidad financiera permitirá un año más ofrecer un primer premio en metálico de 700 € para el guión ganador (que será objeto de un rodaje en forma de taller audiovisual a desarrollar posteriormente), además de un Accésit de 500 € para el guión canario que, atesorando las mejores cualidades técnico-artísticas de los participantes, no pudiera ser objeto del taller audiovisual antes indicado.


La finalidad de esta actividad es permitir que el espectador de a pie se acerque al proceso de creación cinematográfica. De hecho, tras la elección del guión ganador, se procederá a abrir el plazo de solicitud de inscripciones para participar en el rodaje del citado guión, pasando a formar parte el corto resultante de la programación de la edición de la Muestra de cine Iberoamericano, IBERTIGO 2010.

Tienen de plazo hasta el 10 de julio para remitir sus obras. Les adelanto que se buscan guiones que puedan ser rodados en el plazo de unos tres días en una ciudad como Las Palmas de Gran Canaria, pero las bases completas de este concurso pueden consultarse en la página web de la Asociación de cine Vértigo. Y tranquilos, que si dudan de su habilidad para la escritura, siempre les quedará el consuelo de lo que una vez dijo George Lucas: "A pesar de escribir guiones, no creo que sea un buen escritor".

Los Hermanos Marx acudieron al pase privado de "The Cocoanuts" (1929) con mucha ilusión y algo de miedo. Normal, si tenemos en cuenta que era su debut en el cine. A la salida, no parecían muy conformes con lo que habían visto, siendo Groucho, para variar, el más quisquilloso. Pretendía asaltar la cabina de proyección y quemar los negativos, pero felizmente reinó la cordura y los gerifaltes de la Paramount se salieron con la suya, evitando de paso el incendio del cine.

El 23 de mayo de 1929 tuvo lugar una premiere por todo lo alto en Nueva York y la acogida del público fue apoteósica, anticipando el inicio de una carrera espectacular. Visto el éxito, la Paramount decidió que no había motivo para cambiar el ritmo. Se fijaron de nuevo en una obra que los Marx habían estrenado en Broadway en 1928, "Animal crackers", escrita por George S. Kaufman y Morrie Ryskind.

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Para dirigir la adaptación cinematográfica pensaron en Victor Heerman. Aunque nació en Inglaterra, Heerman se convirtió en uno de esos emblemas de lo típicamente americano. De hecho (y al igual que los Marx) creció junto a sus cuatro hermanos en las calles de Nueva York, lugar al que su madre encaminó a la familia una vez que su marido decidió abandonarles. Un golpe de fortuna le hizo entrar a trabajar en Broadway a las órdenes de David Belasco, uno de los nombres más importantes en la historia de la escena americana. El cine le abrió rápidamente sus puertas de par en par, codeándose con los más grandes de la época, como Mack Sennet, Douglas Fairbanks o Mary Pickford. De hecho, estos dos últimos fueron los padrinos de bautizo de uno de sus hijos.

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Heerman alcanzó notoriedad, simultáneamente, como director y guionista (de hecho ganó un Oscar en 1934 por la adaptación de la obra de Louise May Alcott "Mujercitas", dirigida por George Cukor). A partir de 1930 abandonó la dirección (quizás agotado por la experiencia de lidiar con los Marx) y se mantuvo activo como escritor hasta 1954, año en que se despidió del cine por la puerta grande con el guión de un clásico de Douglas Sirk: "Magnificent obsession".

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¿Hace falta hablar de la sinopsis de esta maravillosa comedia de los Hermanos Marx? Bueno, les puedo decir que Groucho encarna a un intrépido explorador de nombre Capitán Spaulding, invitado de honor a una fiesta de la más alta sociedad. Durante la soirée desaparece un valioso cuadro y...bueno...lo demás es historia...

"El conflicto de los Marx" (ese fue el título en español) está llena de gags visuales al más puro estilo Marx. Por supuesto está también repleta de frases geniales como esa de "Es usted la mujer más bella que he visto en mi vida... lo cual no dice mucho en mi favor". Curiosamente, la película tuvo bastantes problemas con el temible Código Hays, debiendo desprenderse para su primera exhibición comercial de varias líneas de su diálogo, como esa en la que Groucho dice "I think I'll try to make her".

La Asociación de cine Vértigo dedica el mes de junio a los primeros años de la carrera cinematográfica de Los Hermanos Marx. El lunes 14 se proyecta en el CICCA, a partir de las 19:30 horas "El conflicto de los Marx", y el ciclo se cerrará con un programa doble "como los de antes":

28 de junio: "Programa doble"
- Pistoleros de agua dulce, de Norman Z. McLeod. (USA, 1931, 77´).
- Sopa de ganso, de Leo McCarey. (USA, 1933, 68´).

Minnie nació en 1864 en un pequeño pueblo de la Baja Sajonia, Alemania. Como tantos otros europeos de la época, en cuanto pudo se embarcó en un viaje hacia la nueva tierra prometida, los Estados Unidos. Allí, en la Gran Manzana, sintió la llamada del espectáculo y decidió tomar clases de baile. Su profesor, Simon, cinco años mayor que ella, era otro europeo errante, originario de Alsacia, en Francia. El que ambos fueran judíos facilitó la rapidez con la que su relación se convirtió en matrimonio, celebrado en 1884, y del que nació un bebé llamado Manfred, que no superó la dureza de la infancia que le tocó vivir.

Más suerte tuvieron los otros cinco hijos del matrimonio. Las habilidades del bueno de Sam como sastre permitieron que Leonald, Adolph, Julius, Milton y Henry sobreviviesen a la dureza del Upper East Side, en una zona del barrio en la que los judíos como ellos tenían que pelear cada palmo de terreno con sus vecinos irlandeses, italianos y alemanes. Aquello les forjó, como a tantos otros hijos de emigrantes. La familia Marx siempre se mostró unida, orgullosa de sus orígenes y siempre dispuesta a encarar la vida con una sonrisa como arma arrojadiza de defensa o ataque, según se terciara. Los niños, más adelante, decidieron cambiar sus nombres pero nunca su apellido. El show business requería quizás otras cartas de presentación. Los orígenes de los mismos son explicados de forma diferente según quien lo cuente, pero lo cierto es que Chico, Harpo, Groucho, Gummo y Zeppo Marx (esos fueron sus nombres artísticos) consiguieron que nadie a quien le guste el cine olvidara esa nueva identidad.

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Harpo tocaba el piano con un dedo de cada mano, pero como sabía que de eso no iba a vivir, se las apañó para deslumbrar con el manejo de su arpa. A Chico se le daba mejor lo del piano y a Groucho la guitarra. Zeppo tenía algo de voz, y Gummo..., bueno, era Gummo. Un hermano de su madre, Alfred, les introdujo en el mundo del vodevil neoyorkino, primero poco a poco (Groucho fue el pionero), pero finalmente en forma de troupe familiar en la que incluso tuvieron cabida la madre Minnie y una tía de nombre Hannah. Se hacían llamar "Las seis mascotas", y recorrieron la América profunda sin descanso. La habilidad de Groucho para improvisar con la audiencia, rompiendo los férreos guiones iniciales de la troupe fue bien recibida allá por donde fueron. Esto incitó a los hermanos a adentrarse por esos vericuetos, afilando cada vez más sus lenguas y potenciando una forma de entender el humor muy deudora de su tradición judía pero también preñada de la inocencia y atrevimiento de ese país que se estaba construyendo entre gentes de tan distintas procedencias.


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Su salto a Broadway era inevitable. Allí forjaron sus respectivas personalidades y dieron cuerpo a su surrealista sentido del humor, a su gusto por la sátira y, fundamentalmente, a su deseo de atreverse con todo y con todos. En los años 20 eran una celebridad en toda América, y sus estrenos se convertían en eventos sociales de gran relevancia. Una de sus más famosas obras fue "The Cocoanuts", presentada en Boston el 26 de octubre de 1925. Después de pulir ciertos detalles en varios teatros "de provincias", se estrenó en Broadway el 8 de diciembre de ese año. Los números musicales eran de altura (tenían la firma nada menos que de Irvin Berling) y eso contribuyó al enorme éxito de la obra, algo que terminó por convencer a la pujante industria del cine de que esos hermanos eran un filón. En 1921 ya habían rodado un pequeño cortometraje (hoy dado por perdido) titulado "Humor risk", pero su debut oficial se produjo al ficharles la Paramount, para la que debutaron en 1929 con una adaptación de "The Cocoanuts".

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En la película, al igual que en casi toda su filmografía, el argumento es lo de menos. La sana locura con la que encararon esta y todas sus obras, el humor tan extraño y tan potente que siempre supieron cultivar, la brillantez absurda de sus diálogos..., todo esto y mucho más hace que hoy los Hermanos Marx no solamente sean estrellas del cine. Se acercan más a iconos de una era, de un siglo. Una forma diferente de entender el marxismo.



Dentro de un ciclo que la Asociación de cine Vértigo dedica durante el mes de junio a los primeros años de su carrera cinematográfica, el lunes 7 se proyecta en el CICCA, a partir de las 19:30 horas "Los cuatro cocos", título en español de ese su debut en la Paramount. El resto de películas del ciclo son las siguientes:


14 de junio: El conflicto de los Marx, de Victor Heerman. (USA, 1930, 97´).

28 de junio: "Programa doble"
- Pistoleros de agua dulce, de Norman Z. McLeod. (USA, 1931, 77´).
- Sopa de ganso, de Leo McCarey. (USA, 1933, 68´).

Un domingo cualquiera. Mucho calor en San Mateo. Una vieja casa al final del sendero. Un amigo me regala sus imágenes y me descubre un pequeño tesoro musical. Una banda que canta en francés y que se desliza con suavidad entre sueños con sabor a pop y despertares de chanson française. "Son buenos", me decía mi amigo. Tenía razón. Eran buenos, eran condenadamente buenos. Primerizos, de acuerdo, pero apuntaban alto y se llamaban The Birkins.



Su nombre me empieza ganando el corazón. Cada vez que los oigo recuerdo a Jane Birkin susurrando que me quiere.


Delicada e intensa, Birkin vivió muy a fondo el Swinging London cuando apenas tenía 17 años. Tres años duró aquella locura, de la que se refugió en la bohemia parisina y en el malditismo de su gran amor Serge Gainsbourg. Algunas de las cosas que rodearon a la Birkin, en mayor o menor medida, se pueden rastrear en The Birkins: efervescencia pop, oscuridad, energía, melancolía y, lo más importante, talento.


En aquella casona de San Mateo eran apenas un boceto, una intención. Eran un bebé que empieza a abrir los ojos. Tenían que crecer, cambiar, evolucionar. Y lo han hecho. Hoy son un niño que empieza a caminar.


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(Fotografía de Noemí Tejera)


Con ustedes: The Birkins

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