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DSCN4046uuu.JPGLa tolerancia escasea. Por desgracia, lo vemos cada día en los noticiarios, y está sucediendo muy lejos o dos calles más allá de nuestra casa. La lucha por las ideas nunca es digna cuando se intenta imponer a los demás por la fuerza, y se manifiesta también en las pequeñas cosas. Precisamente la tolerancia viene a poner sobre el tapete que la única forma posible de convivir es intentar hacerlo respetando las ideas de los demás, y, por supuesto, exigiendo que los demás respeten las nuestras. Los fundamentalismos religiosos o de otra índole, son la muestra de que el ser humano de hoy no está tan lejos del que pintaba bisontes en Altamira. Y eso tendríamos que aplicarlo a nuestra sociedad, en la que un juego como el fútbol acaba convirtiéndose en una especie de religión fanática. Una cosa es ser simpatizante de un equipo y otra un fanático intolerante, y detrás de la liga, la política y la intransigencia religiosa hay intereses económicos de alguien poderoso. Y es que muchos quieren un mundo como el que imaginan en su cabeza, pero no entienden que los demás también imaginan otros mundos. De ahí y de la codicia nace la intolerancia.


Entra el otoño y con él se produce la rentrée de las actividades culturales cara al público. Y, como es costumbre, hay algún interesado que saca a la palestra el dinero público dedicado a la cultura, casi siempre para ridiculizar y desvalorizar el trabajo y el talento (mucho o poco) que se expone. Estoy convencido de que hay una estrategia para evitar que la gente piense, y eso pasa por laminar las Humanidades en los programas de enseñanza y por presentar a la gente de la cultura como machangos estúpidos y oportunistas. Lo más terrible del asunto es que les está saliendo bien; en nuestra sociedad, cuando se habla de artistas e intelectuales viene equivaler a emparentarlos con vividores, aprovechados y timadores; seres corruptos e inútiles en definitiva. Eso sí, hay siempre un par de figurones que son aventados como genios y nadie discute que se gaste dinero público en fomentar sus incontestables genialidades. El resto puede decirse que son pseudodelincuentes, o peor aún, pedigüeños.

2014ty788j.JPGPara empezar, si hablamos de subvenciones, tenemos que decir que pocas cosas hay que no lo estén. El dinero público va tranquilamente a los tres sectores económicos, y está bien porque se necesitan impulsos y ayudas. Si hablamos de los intangibles, hay dinero en los deportes, bien es verdad que no de la manera ideal, pues a veces reciben más los que más tienen. A nadie le parece mal porque se supone que eso va finalmente en beneficio de la sociedad en su conjunto. Está claro, ayudar al deporte o al comercio no es cosa de deportistas o comerciantes; pero si se pone dinero en cultura salen rápidamente los nombres del pintor, la bailarina o la actriz que está en un proyecto; se ha generado la idea de que la cultura solo es cosa de la gente que la hace.

Y es una gran mentira, porque hasta el escaso dinero que se dedica a la cultura se distribuye de manera "asimétrica" por decirlo de una manera suave. Cuando se sostiene un acto cultural muy costoso, se justifica como imagen, pero no se dice quiénes son realmente los beneficiados, que a veces ni siquiera son directamente agentes culturales. Pero si hablamos del resto de la cultura es como si se le hiciera un favor a un grupo de teatro o a un laborioso proyecto audiovisual. Y, para terminar, hay que decir que el dinero para la cultura creativa es ahora mismo tan escaso que se gasta casi todo en gestionar la nada, con lo que seguiremos teniendo deslumbrantes eventos y equipazos deportivos en la élite, pero la cultura creativa acabará siendo cosa de inútiles marginales, si es que ya no lo es. Se llama ignorancia programada. En unos años, esto será un desierto repoblado con aplicaciones de móvil. ¿Pensar, para qué?


Luis Juncoo.JPGHay distintas maneras de enfrentarse a la escritura de una novela. La más habitual es la que, siguiendo la expresión gráfica de García Márquez, trata de coger al lector por el cuello y no lo suelta hasta el punto final. En este caso, se trabaja con esmero el comienzo, tratando de sembrar la curiosidad. Hay, sin embargo, otras maneras de acometer una narración. Una de ellas es aquella en la que quien escribe no concede un milímetro a lo fácil, y exige (no solicita) la implicación del lector, anunciándole desde la primera frase que el proceso es cosa de dos, que quien lee debe poner de su parte. Cuando solo se pretende impresionar con arabescos, laberintos y regates gratuitos, el resultado suele ser pobre, porque el lector colabora cuando entiende que la estructura que se le propone responde a una necesidad argumental, y que la novela en cuestión no es un pedante ejercicio de estilo que lleva a ninguna parte. Hay una propuesta que lleva a la reflexión, a la discusión e incluso a la oposición. Escribir así evidencia ante todo valentía y honestidad, y en el caso de las novelas más recientes de Juan Ramón Tramunt y Luis Junco unas propuestas tan posibles que pueden parecer alucinaciones, precisamente por la tendencia natural de la realidad a lo inverosímil. Diría también que en ambos casos se sobrepasa la línea de la ficción y entramos en territorio del Pensamiento con mayúscula. Por valientes, interesantes y provocadoras recomiendo que se sumerjan en ellas quienes quieren saber un poco más, no de los conocimientos aportados por los novelistas, que también, sino de sí mismos.

Y tras este proemio que vale para ambas novelas, paso a comentar la segunda:

Somos nosotros, pero más que nosotros

La división entre las ciencias y las humanidades es relativamente reciente. Solemos llamar renacentista a alguien que juega a muchos palos, pero esta concepción totalizadora proviene del comienzo de los tiempos y se alarga hasta bien entrada la Edad Moderna. La novela Entrelazamientos, de Luis Junco, participa de esa confluencia de disciplinas que son las que finalmente definen nuestra civilización, y seguramente no es baladí que el autor sea un científico de academia, porque en el mundo actual esa frontera entre lo científico y todo lo demás suele ser todavía muy rígida. Y esta novela está escrita desde una perspectiva que seguramente era la de los filósofos clásicos, los grandes padres de la escolástica o las lumbreras de la Ilustración, en cuyos albores ya empezaban a notarse las fisuras entre lo científico y lo irracional, pues es bien conocido que, cuando Newton probó las bases científicas de la descomposición de la luz en el arco iris, el poeta John Keats montó en cólera porque don Isaac había explicado el misterio. A partir de ahí, el divorcio entre la ciencia y lo irracional estaba cantado.

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Entrelazamientos. Luis Junco. Editorial La Discreta. 2016. 393 páginas.

Pero fue la propia ciencia la que, al filo del siglo XX, empezó a poner sobre la mesa argumentos que hacían confluir ambos mundos. La visión totalizadora de un cosmos diverso pero interrelacionado empezó a tomar forma con Planck, Bohr o el mismísimo Einstein, y se remachó con el determinante Principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, y luego un rosario de teorías aportadas por Von Braun, Hawking, Higg, que revolucionó la física con su propuesta de partícula elemental, sin olvidar las nuevas aportaciones de la Teoría de cuerdas. Y es en los años 70 cuando lo que llamamos ciencia empieza a enseñorearse de todo, pero ni era buena la desidia unamuniana de la ciencia ni todo lo contrario.

Aunque no lo crean, estoy hablando de literatura, porque, desde el ámbito de ciertos géneros, como el fantástico, la novela del siglo XX ha puesto sobre la mesa conceptos que estaban fuera de la literatura, exceptuando a los románticos, en los que el espacio, el tiempo, el funcionamiento de la materia o los universos paralelos se mezclan con los tradicionales Eros y Thánatos. Puede que esto tenga que ver en su funcionamiento misterioso con el amor y la muerte, que tal vez no sean un enigma sino ecuaciones mal resueltas y que hasta ahora hemos colocado en el territorio de lo mágico e incluso de lo esotérico.

Luis Junco no evita entrar en todos esos territorios, aparentemente dispares e incluso enfrentados, tratando de buscar una explicación a una serie de hechos que no tienen respuesta en los manuales de filosofía, religión u ocultismo, pero tampoco en las matemáticas, la biología o la mecánica cuántica. Y lo hace aunando todas estas miradas en el centro del universo, que desde nuestra perspectiva no puede ser otra que el ser humano, pero no unívoco y tangible como lo conocemos, sino diverso, atemporal y comunicado por fuerzas que aun estamos tratando de establecer. Entrelazamientos es el título de la novela, pero es también un concepto de la física que se maneja desde hace casi un siglo.

Puede resultar extraño que en una misma novela convivan partículas subatómicas, fantasmas clásicos e historias basadas en el dejá vu. Armar esos mundo necesita de un gran pulso narrativo, capacidad que acredita con solvencia Luis Junco, aunque al final tengamos que concurrir en preguntas que nos llevan a otras preguntas, pero después de leer Entrelazamientos muchas nociones que hasta ahora creíamos fruto de la ignorancia tal vez tangamos que repensarlas porque pueden ser el resultado del conocimiento. O no. Habrá que ver.

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(La reseña de Anturios en el salón de Juan R. Tramunt se publicó en el post anterior).


JR tramunth.JPGHay distintas maneras de enfrentarse a la escritura de una novela. La más habitual es la que, siguiendo la expresión gráfica de García Márquez, trata de coger al lector por el cuello y no lo suelta hasta el punto final. En este caso, se trabaja con esmero el comienzo, tratando de sembrar la curiosidad. Hay, sin embargo, otras maneras de acometer una narración. Una de ellas es aquella en la que quien escribe no concede un milímetro a lo fácil, y exige (no solicita) la implicación del lector, anunciándole desde la primera frase que el proceso es cosa de dos, que quien lee debe poner de su parte. Cuando solo se pretende impresionar con arabescos, laberintos y regates gratuitos, el resultado suele ser pobre, porque el lector colabora cuando entiende que la estructura que se le propone responde a una necesidad argumental, y que la novela en cuestión no es un pedante ejercicio de estilo que lleva a ninguna parte. Hay una propuesta que lleva a la reflexión, a la discusión e incluso a la oposición. Escribir así evidencia ante todo valentía y honestidad, y en el caso de las novelas más recientes de Juan Ramón Tramunt y Luis Junco unas propuestas tan posibles que pueden parecer alucinaciones, precisamente por la tendencia natural de la realidad a lo inverosímil. Diría también que en ambos casos se sobrepasa la línea de la ficción y entramos en el territorio del Pensamiento con mayúscula. Por valientes, interesantes y provocadoras, recomiendo que se sumerjan en ellas quienes quieran saber un poco más, no de los conocimientos aportados por los novelistas, que también, sino de sí mismos.

Y tras este proemio que vale para ambas novelas, paso a comentar la primera:

Un apocalipsis posible

Por la cuenta que nos trae, espero que el posible futuro que plantea Anturios en el salón, la última novela de JR Tramunt, sea simplemente una hipótesis que nunca llegue a convertirse en realidad. Sin embargo, la fragilidad de nuestro territorio insular es algo que casi nunca valoramos, de otra manera no se cometerían los desmanes contra la supervivencia del propio territorio, que son claros atentados, además, contra la vida humana, una especie de terrorismo con sordina que se oculta bajo la manta de los beneficios inmobiliarios e industriales de unos pocos.

Lo que plantea el autor es la despoblación absoluta de la isla de Gran Canaria en un futuro no muy lejano, después de los estragos que ha perpetrado la radiactividad galopante producida por un accidente en una central nuclear en el vecino sur de Marruecos. Un hombre se arriesga, engaña a los controles militares y nos va mostrando las consecuencias de la catástrofe, los cambios producidos y la desolación en una isla en la que antes todo fue vida y frenética actividad humana. La formación psicológica del autor no es elemento menor en la construcción del relato, pues nos va enfrentando a realidades posibles que nunca tenemos en cuenta. Basta imaginar ahora mismo que se corten las rutas comerciales con el exterior, y habría que pensar cómo podrían sobrevivir los más de dos millones de personas que habitan las islas en un territorio en el que la mayor parte de lo necesario -alimentación incluida- llega de fuera. Incluso no nos planteamos qué pasaría con el suministro de agua y electricidad si ocurriera algo en las grandes plantas potabilizadoras y generadoras de energía eléctrica, o simplemente si hubiera escasez del petróleo que las hace funcionar.

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Anturios en el salón. Juan R. Tramunt. Editorial Baile del Sol. 2016. 240 páginas.

Si nuestra clase dirigente no conoce nuestra fragilidad, estamos en manos de irresponsables. Si es consciente de ella y sigue cimentando nuestro futuro en los combustibles fósiles, tendríamos que usar otro adjetivo mucho más fuerte. No es lugar para entrar en el desprecio de las energías renovables, que reducirían nuestra dependencia del exterior, pero sí que recomendaría a los responsables políticos la lectura de Anturios en el salón, porque verán con una claridad meridiana que en estos momentos la mayor parte de las políticas que se aplican son suicidas. Y para llegar a ese convencimiento, la mano diestra de JR Tramunt hace que vivamos esa situación indeseada pero posible. Durante décadas se pensó que Huxley, Orwell o Bradbury eran unos visionarios imaginativos, y ahora vemos que eran simplemente escritores realistas que narraban el futuro. Aprendamos la lección y ojalá Anturios en el salón solo sea el fruto de imaginación de un novelista, pero será dramática realidad si no se cambia el rumbo, y por desgracia, de momento no veo señales de que eso vaya a suceder.

Etiquetar a JR Tramunt no es fácil. Escribe novela, cuento, poesía y teatro, y no suele ceñirse a una línea concreta, pues de su pluma hemos leído novela negra con tintes políticos, novela psicológica e incluso puede apuntarse ser uno de los pioneros del género erótico en Canarias con su novela La hembra del centauro. Anturios en el salón pudiera pasar por una novela fantástica con trama apocalíptica, pero finalmente ninguna de sus novelas es lo que parece, porque usa los géneros en función de la historia que quiere contar. Dejémoslo en escritor.

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(La reseña de Entrelazamientos de Luis Junco se publicará en el próximo post).


aaIMG_3037.JPGPongo por delante que lo del cambio climático es un hecho indiscutible, pero también es cierto que hay elementos que, aunque parezcan nuevos, son normales porque forman parte de ciclos largos. La memoria es infiel en la mayoría de la gente, y se nota sobre todo a principios de febrero y al entrar septiembre. En pleno invierno, sopla el alisio del nordeste, trae humedad y, aunque el termómetro marque 18 grados en la costa, hace un frío que pela. En septiembre, el sol se suelta el pelo y la humedad hace que, aunque el termómetro no suba demasiado, se tenga la sensación de un pegajoso calor insoportable. Y siempre pasa igual, la gente comenta que no recuerda un invierno más frío, un verano más caluroso o un clima más cambiante. Este año la panza de burro va y viene y pone en boca de los inconformistas aquello de que el tiempo ya no es lo que era. Pero eso también es normal porque incuso ha habido años sin panza de burro, y otros en los que se alarga hasta finales de septiembre, y vuelve a comenzar un ciclo largo. Ha sido así siempre, hay algunas semanas muy calurosas en septiembre y octubre, y no pasa nada. La memoria suele jugarnos malas pasadas con la temperie, pero yo, como decía aquel campesino al atardecer de un día muy caluroso, temo el calor que va a hacer mañana, porque el de hoy ya pasó. Además, ahora está Las Canteras y en febrero la bufanda.


julietttta.JPGLa Academia de Cine ha decidido enviar a luchar por el Oscar a la película Julieta de Pedro Almodóvar. Probablemente sea una buena decisión pues es bien conocida la simpatía que el director manchego atrae en el extranjero, especialmente en Francia y, cómo no, en Estados Unidos. También hay que reconocer que, gracias a esa capacidad de conquistar mercados exteriores, Almodóvar ha sido la vía por la que Antonio Banderas y Penélope Cruz consiguieron ser visibles en Estados Unidos.

Seguramente el cine de Almodóvar tiene muchas virtudes. En mi opinión, tiene un gran talento como director e incluyo en este apartado la dirección minuciosa que hace de sus actores y actrices. Sus películas respiran gracias a ese talento, a pesar de sus guiones y argumentos rebuscados a más no poder. Se dice que tiene un olfato artístico especial para retratar el mundo de la mujer; ahí discrepo, porque inventa una mujeres imposibles, rarísimas y muchas veces insoportables; y las castiga desde el principio al final de la película. Luego ves a la gente maravillada con la sensibilidad de Almodóvar, hasta el punto de que casi me tiran piedras cuando dije que el violento argumento de Átame me parecía una barbaridad que no deja de ser el típico síndrome de Estocolmo que acercan a la víctima y a su secuestrador, un tarado de libro, por muy bien que estuvieran Victoria Abril y Antonio Banderas. Pero les parecía una historia maravillosa, la misma que cuentan los maltratadores cuando controlan la vida de una mujer. Pues vale. También dicen que Almodóvar retrata a mujeres libres, fuertes y sanas. Vuelvo a aceptar pulpo como animal doméstico, aunque mi diccionario se rebela porque no le cuadran los significados de esos conceptos.

En resumidas cuentas, como tengo espíritu de tribu, ojalá Almodóvar gane el Oscar, pero creo que ha quedado claro que no me entusiasma su cine. Y me parece bien que le guste a otras personas, a muchas; lo que no entiendo son los razonamientos que suelen dar para que les guste. Las mujeres almodovarianas no son reivindicación de nada, y si les digo la verdad, llegaron a gustarme algunas de sus películas cuando se ceñía a la comedia. Ya en sus dramas me pierdo, y es que hasta Woody Allen a veces no es Woody Allen.


Entre la mano del hombre, sus descuidos y las fuerzas de la naturaleza, parece que empieza a desvanecerse el paisaje que siempre nos acompañó. Se llevan por delante la escalera de la plaza de Santo Domingo (que debería volver a su lugar), hace poco se derrumbaron los laureles de la plaza de San Bernardo y ahora se han venido abajo las palmeras gemelas de la zona del Pambaso, en el risco de San Nicolás. Estas palmeras están en las retinas de todos nosotros porque eran centenarias y, además, las Foto fija palmeras.JPGhemos admirado en su juventud cuando fueron pintadas por Jorge Oramas, desde la perspectiva de las ventanas del edificio del Hospital de San Martín, donde Oramas pintaba el futuro de los riscos de la ciudad. Ese desvanecimiento del paisaje empezó a acelerarse cuando, en 2005, la tormenta tropical Delta hundió en el mar el Dedo de Dios, que señalaba desde la costa de Agaete el camino del cielo. Tenemos noticias de que en 1610 un vendaval arrancó en la isla de El Hierro el mítico árbol del agua, el Garoé, y que en 1684 otra ventolera tumbó el gigantesco Pino de las Maravillas de Teror, que consta en la tradición como el lugar de la aparición de la Virgen a la que dio nombre. Como vemos, los árboles marcan nuestra tradición legendaria, además de otros elementos naturales o artificiales que, por lo visto, tienen fecha de caducidad. Nunca pensamos que desaparecería El Dedo de Dios, y se nos hace muy cuesta arriba pensar que un día falte el vetusto drago de Icod de los Vinos (otro de nuestros árboles míticos que todavía sigue ahí), pero las palmeras del Pambaso nos recuerdan que en este planeta todo está de paso, no solo lo seres humanos. Tenemos la fortuna de haber conocido y disfrutado de algunos de esos símbolos en plenitud, como hubo generaciones que conocieron el Pino de las Maravillas o bebieron agua de la que destilaba el Garoé.


3211IMG_0685.JPGEl Charco de La Aldea de San Nicolás de Tolentino es, con El Pino, La Rama y los carnavales, el cuarteto festivo más particular de Gran Canaria. La Aldea es un lugar muy especial, casi como una isla dentro de la isla, debido a su situación geográfica y a la escasez de comunicaciones durante siglos. Las cosas han cambiado, pero la Historia ha forjado en los aldeanos una forma de ser muy peculiar, y quien más quien menos tiene un amigo o una amiga de La Aldea y puede dar fe de ello. No creo exagerar al decir que, en conjunto, son la gente de La Aldea es la más abierta, divertida y generosa que conozco. Son sencillos, trabajadores y parranderos. Todo a su tiempo, pues por su firmeza fueron los primeros en ganar la guerra social del agua. Y hoy, día del Charco, rindo homenaje de afecto y admiración a La Aldea, que es como decir a la amistad. En esto, seguro, la isla es unánime.


201410rrr01_120854.JPGEn la romería de Teror se ofrenda a la Virgen del Pino lo más granado de nuestros municipios. La imagen de la canariedad se equipara a lo rural y campesino, un poco a las tradiciones artesanas y otro poquito al alma marinera de nuestros pueblos costeros, todo ello con cachorro, justillo y canciones de Néstor Álamo. Se diría que es una reivindicación del equilibrio medioambiental, de la agricultura y la ganadería con sus exquisitos productos genuinos y derivados, de las manos artesanas que conservan maneras en desuso de construir el bienestar. Y no se puede pasar por alto la solidaridad, que este año ha alcanzado las 25 toneladas de productos de primera calidad para compartir con los más desfavorecidos.

Esa agricultura abandonada, maltratada y casi expulsada de nuestros mercados, esas pequeñas industrias derivadas que se ahogan frente al gigantismo devorador de las multinacionales, esos oficios manuales que languidecen... Y los representantes políticos sacando pecho, entre carretas, bueyes y gofio hecho con millo importado, que llamaban maíz en el puerto de Nueva Orleans.

Dentro de unos años, lo consecuente con la realidad sería que en lugar de municipios y carretas acudiesen a hacer sus ofrendas las grandes cadenas de supermercados, con papas de Israel, aceite de La Liguria y tomates de Almería. Que vayan también de romería representaciones de las grandes superficies, de las franquicias de esto y lo otro y hasta las tiendas de los chinos.

Sabiendo todo esto, no me extrañaría que la Virgen del Pino empezara a poner cara de desagrado un año de estos. Es que se está jugando con un sentimiento secular y con la supervivencia de una sociedad que cada día pierde capacidad para ser ella misma.


Nada se debate, sobre nada se informa con profundidad, todo es un picoteo y en la era de la información inmediata los magníficos canales de que disponemos son utilizados para chorradas. Los teléfonos móviles se han convertido en un juguete que encima engorda a las televisiones y a las operadoras telefónicas, y esa tecnología que tendría aplicaciones racionales extraordinarias se usa para jugar a las comunicaciones y de paso hacer el caldo gordo a las grandes empresas que rigen el negocio. tuneDSCN4419.JPGEl gran diálogo nacional es ridículo y sonrojante. Aunque uno no quiera, acaba por enterarse de todo (de todo lo que quieren que se entere), como si España fuese un portón de vecindad. Abres los periódicos, miras una revista, oyes la radio o ves la televisión, y tienes que saber casi por decreto qué temperatura hizo ayer en Badajoz porque ahora el tiempo meteorológico es centro de atención y es noticia que en agosto haya calor y que en enero nieve. Sabemos quién es el desgraciado que hace sufrir de amores a una cantante y qué señora es tratada como un putón verbenero porque ha pedido el divorcio. También nos informan con todo detalle sobre la última resonancia magnética realizada a Messi, o nos inundan con especulaciones sobre por qué Isabel Pantoja no ha acudido a las exequias de su amigo el cantante mexicano Juan Gabriel. ¿Qué puede esperarse de un país en el que llaman maestro a un tipo que mata toros en público, por muy bien que los mate? Y no hablo de política porque, sea en Canarias, en España, en Europa o en el planeta entero, eso que nos cuentan no es lo que está pasando de verdad. Son maniobras de distracción.

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